WE WOMAN

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Por Lorena Franco y David García

When a fire starts to burn del dúo de música electrónica Disclosure oculta los ruidos de las sacudidas en el ambiente si los hubiera. Solo apreciamos ese derrumbe por cómo cae, incesante, un chorro de arena desde el techo con la gracilidad y belleza de la más fina nieve.

Vemos un suelo cubierto de tierra, telas y harapos conformando un campamento. Y cuerpos. Cuerpos femeninos, semidesnudos, que desfilan de uno en uno hacia el origen del suceso. Pero no llegan con aspecto de haber sufrido una desgracia, sino contoneándose, ataviados con tacones. Siete cuerpos femeninos de forma y razas dispares. Siete mujeres que, con cierto aire burlesco, evidencian el sometimiento que las diversas culturas ejercen sobre ellas, no a título personal, sino por el simple hecho de ser mujer.


Siete cuerpos de mujer que tan pronto bailan frenéticos como caen rendidos al suelo, inertes por el peso que las exigencias sociales ejercen sobre ellos. Hablan, bailan, actúan, tocan, y a través del arte aluden a los quehaceres domésticos, a la violencia, física y psicológica, a la cosificación de sus cuerpos y a todas las reglas implícitas y de esperado cumplimiento que las atañen.


Varias culturas se unen para cuestionarse el papel de la mujer en el mundo, con una amplia mirada intercultural. Picó se rodea de auténticos referentes y personalidades de la danza contemporánea. Nos regala la poderosa presencia de Julie Dossavi, la belleza embriagadora de Shantala Shivalingappa, la majestuosidad de la hipnótica Minako Seki, y su propia seguridad, la de Picó, en plena madurez artística. El cuadro lo complementa la guitarrista y cantante Marta Robles, la violinista Adele Madau y la flautista Lina León.


Todo transcurre en ese campamento que bien podría confundirse con los que se ven obligados a formar el pueblo sirio en su huida de la guerra o los que apreciamos en un asentamiento chabolista. Nada es bello en la escena. Y no me refiero a la belleza armónica, clásica, de cánones fijos. Pero aquí no. La imagen es áspera, tosca, un tanto incómoda. Es un campamento de mujeres donde exponen cómo deben vivir por prescripción social. Gusten o no. La transforman a su antojo y crean intimidad en los espacios con tan solo unas sábanas colgadas donde recrean un escena digna de mención por la belleza (ahora sí) creada con tan pocos artilugios. Destacamos la imagen espeluznantemente cautivadora y cruda, a partes iguales, protagonizada por la japonesa Minako Seki, donde se ata su cabellera a un cordel convirtiéndose en la más frágil de las muñecas, o quizá el más indefenso de los títeres en manos de alguien o algo que dirige sus pelos-hilos.


No menos bello es el solo de la hindú Shantala donde la calidad de su movimiento se amalgama a su extraordinaria belleza de movimiento, conformando una escena realmente conmovedora, en la que sus cadenciosos movimientos acarician el aire y te transporta a un universo cálido y acogedor.


Un elemento constante durante la obra son las manzanas. Aparecen y desaparecen del espacio cobrando vida en la boca de ellas o muriendo de desidia enterradas en el suelo de arena. Varios significados adquieren en el conjunto. Son comida, para humanos y animales, pero también rellenos para sus senos o armas arrojadizas. Pero ante todo es el elemento que simboliza la maldad de la mujer que nos llega desde el inicio de los tiempos. Es la dichosa manzana que trajo el dolor y sufrimiento al mundo, por supuesto de la manos de una fémina. La primera de todas ellas. Eva, quien convenció a Adán para probar el único fruto prohibido del Edén.


Los juegos luminosos son mínimos. La luz acompaña y enfatiza la acción, acorde con la cruda atmósfera propuesta. Sin embargo no podemos decir lo mismo de la música. A pesar de haber piezas individuales atractivas, en su conjunto resulta poco interesante, descuidada y caótica. Sin una dirección clara. Tan pronto surgen ambientes realmente interesantes como por el contrario, un coloquio banal, casi tertuliano, de manidas formas que distraen y restan calidad a la obra. Entendemos que la creadora propone justo estos cambios extremos de ambientes pero no que lo haga desde una perspectiva puramente estética. Sin profundidad. No lo merece la obra. No lo merecen ellas.


Picó por su parte, deambula mostrando su gozo, su conocimiento de la escena, la seguridad en sus gestos y sobre todo evidenciando que en pocos sitios se sentirá más cómoda que sobre las tablas. Picó es libre. Tras más de una hora de espectáculo el derrumbamiento no cesa, aunque no llegamos a comprender qué es lo que se viene abajo. Quizá porque no sea de naturaleza física. Quizá sea el desplome de esas estructuras sociales que continuan perpetrando esa cruel concepción de 

mujer, de cómo se debe ser mujer, porque ya no se sostienen y amenazan con derrumbarse sobre ellas. Caen decenas de manzanas del techo que explotan contra el suelo. Se van con el pabellón bien alto y destruido, como pretendían las artistas.

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