“La Danza Española. Añeja, tan nuestra, de siempre”

Por: Nuria Pérez Baena y Carmen Santana Martínez
Tierra. Sus raíces, el camino, lo recorrido. El terreno que pisamos, donde nos desarrollamos y bailamos, donde crecemos y vivimos, lo que somos y nuestras costumbres. Es ahí donde germina la esencia de cada pueblo y, por ende, de su folclore, el saber de la naturaleza que cuenta una historia en cada una de sus vertientes. Las distintas formas de la danza y sus diferentes estilos de baile se viven y respiran, evocando a esa esencia tan elegante que nos define, la esencia de nuestra danza española.
Flamenco. Puro, antiguo, gitano, duende. En forma de florales patios cordobeses o antiguos cafés cantantes, lugares donde vivió durante años y hecho que desembocó en la alianza con la danza española. Aquellos volantes de tu falda, o ese bordado de la bata de cola. Con mantón, sombrero o a solas, pero siempre con el elemento que se requiere, ese tú que te hacer ser y sentir lo que eres.
Y esa Voz. Decir mucho sin decir nada. El personaje silencioso de la danza. El bailarín que expresa con su movimiento, pero nunca la utiliza. Voces que acompañan a tales movimientos, un quejío que te rompe por dentro, ese “Tiri Ti Trán” que levanta los vellos de cualquiera, o sin nada, un susurro que acaricia el alma. La danza como lenguaje universal tan presente, pero a su vez tan escondida del resto. Ese silencio que solo se habla cuando bailamos, da igual dónde, cuándo o el qué, solos, la danza y tú, el diálogo mudo de tu interior, esa voz, siempre en silencio. Aquella que sale de nuestro baile, de nuestro cante, de nuestro toque, la voz que acaricia la tabla con el tacón de los zapatos, que golpea con la fuerza incesante de nuestras almas.
Así es “Tierra, Flamenco y Voz”, un recorrido por la historia de la danza española en todas sus expresiones. La estética de una innovadora visión, unido mano a mano con nuestra tradición. Producto de una creación puramente natural, y detallada, sin florituras ni extravagantes ornamentos.
La importancia y motivo de clamor de esta composición reside en su carácter español, tradicional pero fresco, que principalmente es lo que deja ese sabor de querer seguir viendo la picardía española y su sentimiento más puro.
Si a ello sumamos el Romancero Gitano de Federico García Lorca y sus poemas con aire de fandango interpretados con ese aje, encontraremos la fórmula perfecta. Aquel Romance Sonámbulo y su famoso “Verde que te quiero verde...” o el triste y desgarrador Romance de la Luna, Luna transformado en un soplo de aire fresco y renovador. El maestro Lecuona y su rememoración con la malagueña, y las falsetas de delicados acordes que la incita.Y la indumentaria, que te evoca a tiempos pasados, en contraposición al estilizado mono que presenta el bailarín solista y completa el conjunto. Lo estético en todo su esplendor, más allá de nuestras tradiciones.
Faldas de vuelo, bordados, flecos, ondas al agua y rasgos femeninos de aquellos cafés cantantes, unido a esas medias y botas altas, de camisa abierta y tirantes de este contemporáneo. La danza española y su renovador estilo, con el puro y temperamental flamenco de toda la vida. El repique de castañuelas que en su colisión evocan ritmos fieles. El cante que nace sin saber por qué, en vivo, para ti y tu interior.
Hechos que no solo se aprecian en lo llevado a cabo en torno al intérprete y su ser. El estudio de las luces y su minuciosidad del porqué en cada momento, envuelve, introduce y ratifica el motivo de auge de este espectáculo. Esos tonos cálidos, en donde los colores tierra son el porqué de todo. Llenos de gente y el calor que produce su unión. El marrón con la gradación de colores y aquel vívido ambiente; añadiendo el contraste con las escenas oscuras que remontan a otras culturas, con lentejuelas, las influencias, sus procedencias.
Las variaciones solistas y su contrapunto con el gentío en momentos perfectamente estudiados. La soledad acompañada de su batalla interna, en donde los pensamientos retumban en forma de acordes de una guitarra, y que tras ese instante, se quiebra por el conjunto olvidando y dejando atrás lo reflexionado. Quizá desahogo, contraste o protagonismo, cuestiones que se preguntan para encontrar la finalidad del hecho.
Una búsqueda con un sentido meramente estético es la que se nos presenta delante de nuestros ojos. El estudio circunstanciado de lo tradicional y su brisa contemporánea. Ángel Manarre y su elenco, componentes de la compañía de danza que lleva como nombre al propio director, han logrado aunar la danza española y su historia intrínseca en todas sus caras, mostrándonos que la danza es tradicional y nuestra de toda la vida, pero, como todo aquello que es arte y pertenece al proceso creativo del hombre, debe evolucionar hacia otras líneas más frescas y fluidas como ocurre en la danza estilizada, para que nunca quede obsoleta y viaje siempre a la par que lo hace la vida.
Aire fresco con ambiente añejo, eso es Tierra, Flamenco y Voz de la Compañía de Danza de Ángel Manarre.
¡Qué pena que las obras de danza sean efímeras!


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