BAUSCH ES "CAFE MÜLLER"
Por Nelia García Morales
Café Müller es una obra que no deja indiferente a nadie. Se estrena en 1978, siendo ésta una de las obras más personales de Pina Bausch, donde se refleja su estilo propio, su esencia, su danza.
Café Müller es triste, te conmueve, te hace sentir, es verdad, y su melancolía real se convierte en belleza máxima.
Un salón de un café, lleno de sillas y mesas vacías, una luz tenue que entra por la puerta principal, forman la escena donde se desarrolla toda la obra, no hace falta más. Seis intérpretes, entre ellos Pina Bausch, protagonizan Café Müller.
La obra comienza con la entrada de Pina Bausch, camina descalza, con los ojos cerrados y brazos extendidos. Con sutiles movimientos entrecortados busca una pared que le dé estabilidad. Estos primeros segundos de la obra son suficientes para que el espectador se cuestione qué le ocurre y se contagie de esa frágil melancolía, atrapándolo así durante toda la obra. Una segunda mujer, pelirroja, arreglada con tacones, irrumpe en escena, camina con pasitos cortos y rápidos, tiene prisa, preocupación, va de un lado a otro. La siguiente bailarina aparece también con ojos cerrados y brazos extendidos, tropieza con las sillas y mesas, produce desolación. Suena la música de Purcell, que combinada con los movimientos que realizan, llega a embriagarte de dolor. Un personaje importante es Rolf Borzik, creador de la escena, quien toma el papel de retirar sillas y mesas para que los bailarines no tropiecen, esa es su misión. Otro momento fundamental es la historia de una pareja, que se aferra en un fuerte abrazo. Un hombre trata de separarlos, se crea una secuencia coreográfica que se repite una y otra vez, generando en el espectador tensión, puesto que en el final de esta secuencia la mujer cae al suelo de los brazos del hombre.
Son pequeñas historias que se dan en Café Müller. Cada personaje trata de contar la suya, su propia verdad, en ocasiones se entremezclan, como pasa en la vida real, para volverse a separar y continuar cada uno su camino.
Una obra que con tan sencilla escenografía consigue gran realismo y te embauca desde un primer momento. Las sillas y mesas forman un papel fundamental, pues toman diferentes significados. En ocasiones son obstáculos reales para los bailarines, se mueven de un lado a otro, generando en el espectador una continua incertidumbre y en otras, son soporte para los mismos.
Una luz débil, como si de la luna se tratara, entra por la puerta principal generando una atmósfera de soledad en la noche.
Se dan silencios interrumpidos por el arrastre de las sillas y mesas. Se escucha una respiración agitada, producida por el esfuerzo, el choque de los cuerpos contra la pared una y otra vez, todo esto hace que incremente la agonía en el espectador.
Los bailarines muestran una gran sensibilidad humana. Realizan movimientos perfectamente ejecutados, una técnica que brilla, con gran expresividad en sus movimientos, en ocasiones bruscos y detonadores, en otras con una sutileza extrema.
Café Müller es una obra increíble, desgarradora, te envuelve en esa tristeza que se genera, al igual que te dan aliento pequeños hilos de esperanza que luego se disipan para que de nuevo la tristeza te encoja el corazón. Una obra en la que cada elemento escénico suma y es importante para el discurso total de la obra.


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